Análisis de asuntos ambientales
environnement
environmental networkenvironmental communicatorsadd your info


    Ingrese |  English   

Portada : Recursos : Análisis de asuntos ambientales


Seleccione Mes

Seleccione País

Seleccione Canal
18  marzo  2002

Avances regionales en materia de educación ambiental para el desarrollo sustentable

Dr. Édgar J. González Gaudiano

Asesor del Secretario de Educación Pública del Gobierno de Mexico
Ponencia presentada a la 2a Reunión de los Grupos de Trabajo de la Mesa Redonda Redonda para la Prevención de la Contaminación en México. Evento organizado por el Centro Mexicano para la Producción más Limpia del Instituto Politécnico Nacional realizado el 28 de Febrero de 2002


Muy buenos días. Es un honor para la Secretaría de Educación Pública y para mí en lo personal, haber sido invitado a participar en esta Mesa Redonda para hablar de los avances en materia de educación ambiental. El tema de la educación ha sido identificado en los diversos foros regionales, pero muy especialmente en la II Cumbre de las Américas, realizada en Santiago de Chile, en abril de 1998, los Jefes de Estado y de Gobierno, como la primera prioridad regional.

Sin embargo, cuando nuestro propósito es hablar de la educación en el marco del desarrollo sustentable, el tema adquiere aun mayor importancia y complejidad. Primero, porque se trata de un tema emergente, por lo mismo en constante estado de reformulación a la luz de las políticas públicas sobre desarrollo sustentable. Segundo, porque el propio concepto de desarrollo sustentable se encuentra inmerso en distintas polémicas sobre sus alcances y, más aun, sobre su instrumentación. Tercero, porque ante la falta de un marco de política integrador el desarrollo sustentable, continúa viéndose desde una perspectiva sectorial, lo que contribuye precisamente a obstruir sus posibilidades de instrumentación.

Pese a ello y al hecho de que nuestro país y la región en su conjunto se incorporó al menos una década después al movimiento de la educación ambiental, por factores que no es posible desarrollar aquí, pueden observarse significativos avances en esta materia y más marcadamente a partir de la década de los años noventa. Dichos avances difieren sustantivamente de los que fueron obtenidos en los países desarrollados, como resultado de los programas y políticas promovidos por los diversos organismos multinacionales a partir de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano celebrada en Estocolmo, Suecia en 1972. El Principio 19 de la Declaración de esta Conferencia consigna:

Es indispensable una labor de educación en cuestiones ambientales, dirigida tanto a las generaciones jóvenes como a los adultos, y que preste la debida atención al sector de la población menos privilegiada, para ensanchar las bases de una opinión pública bien informada y de una conducta de los individuos, de las empresas y de las colectividades, inspirada en el sentido de responsabilidad en cuanto a la protección del medio en toda su dimensión humana. Es también esencial que los medios de comunicación de masas eviten contribuir al deterioro del medio humano y difundan, por el contrario, información de carácter educativo sobre la necesidad de protegerlo y mejorarlo, a fin de que el hombre pueda desarrollarse en todos los aspectos.

Desde entonces, muchas cosas han ocurrido en este tema. Los países desarrollados instrumentaron una educación ambiental centrada en sus sistemas escolares, con especial énfasis en la población infantil y destacando contenidos de enseñanza vinculados con los fenómenos, procesos y problemas del mundo físico-natural. Los países en desarrollo y muy particularmente de América Latina y el Caribe han impulsado una educación ambiental más en el contexto de los procesos no formales y muy asociada a proyectos y programas de desarrollo comunitario. Ello tal vez debido a que nuestros sistemas escolares, reaccionan más lentamente a las innovaciones, por la menor disponibilidad de recursos y las dificultades para su instrumentación. No obstante, son notables los progresos que países como Brasil y Colombia han obtenido en la incorporación de la dimensión ambiental en su educación básica y prácticamente todos los demás, nos encontramos inmersos en programas de reforma educativa que contemplan este tema de diversos modos y con base en distintas aproximaciones. Algunos, como Argentina, Bolivia y El Salvador han promovido un tratamiento transversal de la educación ambiental. Otros como Chile, Costa Rica y México, hemos optado por estrategias orientadas a abrir espacios curriculares. Otros más, como República Dominicana, se encuentran instrumentando proyectos especiales.

De igual modo, es destacable el esfuerzo por el intercambio y discusión hemisférica en esta temática. Hemos participado de los esfuerzos que hace la Asociación Norteamericana de Educación Ambiental, y hemos celebrado, con la participación de España, tres Congresos Iberoamericanos de Educación Ambiental. Dos en México (1992 y 1997) y el más reciente en Venezuela (2000) El próximo está programado para realizarse en Cuba en 2003. Contamos también con una revista especializada de alto nivel en cuyo consejo editorial, intervienen especialistas de la gran mayoría de los países de la región. Asimismo, una reconocida educadora ambiental brasileña, adscrita al Ministerio del Ambiente de este país, es desde el año pasado la Presidenta Mundial de la Comisión de Educación y Comunicación de la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN)

Pero estamos frente a momentos muy particulares que nos impiden ser autocomplacientes. La Cumbre Mundial para el Desarrollo Sustentable a celebrarse en Johannesburgo en el mes de agosto, y que conmemorará los diez años de haberse realizado la Cumbre de Río de Janeiro, nos obliga a hacer reflexiones y valoraciones especiales. Un reporte elaborado por el propio Secretario de Naciones Unidas sobre Implementación de la Agenda 21, reconoce que la educación es un elemento crítico para el desarrollo sustentable, ya que ésta y los instrumentos vinculados con la construcción de capacidades, la comunicación y la concientización pública son indispensables tanto para fomentar la participación ciudadana en el desarrollo sustentable, como para involucrar a la gente en los procesos de decisión que implican construir un futuro sustentable; pero el Reporte también admite que en esta década que se analiza no ha habido un progreso sustantivo para fortalecer el rol de la educación en el tránsito hacia la sustentabilidad.

Es decir, pese a que la educación formal incluida la educación superior, en la región de América Latina y el Caribe no ha recibido la atención que tiene en los países desarrollados, principalmente en cuanto a los importantes logros obtenidos en la formación de maestros, son menores aun las iniciativas de educación ambiental para el desarrollo sustentable dirigidas a las dependencias gubernamentales (sobre todo autoridades locales), el sector privado, las mujeres, la población indígena y la comunidad científica y tecnológica. Todos ellos señalados como grupos principales en la Agenda 21. En consecuencia, gran parte del esfuerzo en materia de educación ambiental y para el desarrollo sustentable, aun con sus limitaciones, ha sido visto como un proceso curricular (escolarizado) más que como un proceso social, lo cual ha contribuido a que el tránsito hacia la sustentabilidad sea muy lento, como se reconoce en el párrafo 81 de dicho reporte.

El énfasis que se ha dado a la educación formal soslaya los actuales esfuerzos en el aprendizaje social y la educación para el trabajo y la vida comunitaria que contienen un fuerte componente de sustentabilidad, así como subestima las necesidades de quienes no se encuentran involucrados en el sistema escolar para educarse hacia el desarrollo sustentable.

Es verdad que muchos de los limitados progresos en la educación ambiental y para el desarrollo sustentable se deben a la carencia de financiamiento en esta área. Pero, a lo anterior añadiríamos que también han contribuido los modelos educativos tradicionales rígidos y autoritarios, con poca capacidad para incorporar los cambios que demanda el momento actual, así como las propuestas educativas homogéneas dirigidas a una población con una gran diversidad social y cultural, asentada en biogeográficas muy distintas entre sí.

El reto es complejo porque al tiempo que debemos trabajar por incrementar los índices de alfabetización, en políticas compensatorias y programas de atención especial dirigidos a los grupos más vulnerables, en impulsar programas para lograr una mayor equidad de género; en generar estrategias de integración a la escuela regular de menores con necesidades educativas especiales o discapacidad, por mencionar algunos de nuestros desafíos educativos más señalados, ya que son vitales para el desarrollo sustentable, pero lo es también establecer estándares nacionales de competencias y procesos de evaluación del desempeño de los distintos agentes educativos y de los factores asociados a la calidad, para contribuir a modificar los patrones de consumo y estilos de vida que se preconizan por medio de los medios masivos y que son a todas luces socialmente inequitativos y ambientalmente insustentables.

En pocas palabras, nuestros sistemas educativos convencionales no han reconocido, de manera suficiente, la crítica necesidad de reorientar sus estructuras, procesos y prácticas para contribuir a la construcción de la sustentabilidad ambiental y social. Y este esfuerzo no debe estar solamente dirigido a los sectores pobres, como si ellos fueran los únicos y principales responsables de los procesos de deterioro, sino que requerimos promover una cultura ambiental que lo mismo modifique patrones negativos asociados a la carencia como a la abundancia.

Pero un proceso de tal envergadura implica dar prioridad a los agentes de cambio claves para alcanzar el desarrollo sustentable y estos no son sólo los maestros, sino que también podemos encontrar importantes liderazgos entre las mujeres, los indígenas, los ministros de las iglesias, las organizaciones no gubernamentales, así como entre las comunidades científicas y empresariales.

En un somero diagnóstico, en la región encontramos que la mayoría de los materiales empleados aplican la educación ambiental como ‘contenido’ dentro de la educación formal, pero muy pocos la emplean como un ‘proceso’ en proyectos al margen del sistema educativo. Los materiales didácticos se refieren a una amplia variedad de temas asociados con la protección del ambiente y la sustentabilidad como residuos, energía, agua y reforestación, pero muy pocos remiten a problemas relacionados con el consumo, la globalización, la pobreza, la agricultura sustentable, el cambio climático y la biodiversidad.

Los proyectos y materiales están dirigidos a un amplio grupo de destinatarios si bien, como ya dijimos, los que dominan la lista son los materiales dirigidos al sistema educativo formal. Estos materiales están dirigidos a maestros y estudiantes de distintos niveles escolares, desde preescolar hasta superior. Pero, como también ya mencionamos, muy pocos están dirigidos a autoridades locales y a empresarios. Aquellos que se dirigen a autoridades locales son generalmente estrategias nacionales las que, en su gran mayoría, se encuentran en etapas tempranas de instrumentación. Unos cuantos se orientan a jóvenes, comunidades locales, campesinos y mujeres. No conocemos uno que atienda a indígenas y comunidades científicas y tecnológicas, sin embargo reconocemos que estos grupos son generalmente atendidos mediante proyectos y materiales de naturaleza local a los que es muy difícil acceder fuera de su ámbito de influencia.

Es por este diagnóstico, cuyos rasgos no son privativos de la región, que algunos organismos como la Comisión de Educación y Comunicación de la UICN están recomendando la necesidad que en el futuro próximo debemos enfocar nuestros procesos de educación ambiental a la conservación para la biodiversidad, tanto biológica como cultural, así como a los negocios e industria, autoridades locales, y tomadores de decisión. Otra recomendación remite al imperativo de atender los problemas asociados con el consumismo, la globalización y la pobreza, así como los vínculos entre estos tres temas. Los grupos meta dentro de los países económicamente desarrollados deberían ser grupos comunitarios (incluyendo consumidores, y grupos de mujeres), niños y jóvenes tanto dentro como fuera del sistema formal de educación. Apuntar hacia temas prácticos de agricultura sustentable, dirigidos a tomadores de decisión, dependencias de gobierno y la industria agropecuaria a todos los niveles, desde campesinos hasta corporaciones multinacionales para la agricultura. De igual forma, se recomienda el uso de medios tales como la TV y la radio, como herramientas para elevar la concientización.

En suma, sin poder hacer afirmaciones concluyentes por la falta de estudios que nos permitan hacer una mejor descripción del estado de cosas existente, sí podemos sostener que están ocurriendo varios tipos de procesos.

  1. Que el campo de la educación y la cultura ambiental se está expandiendo, tanto a nivel numérico de sus impulsores individuales, como en el variado espectro institucional que apoya sus acciones. Seguimos concentrados, sin embargo, en una mayor atención de grupos urbanos, quizá debido a que las ONG’s que trabajan en estas áreas tienen mayor presencia en los medios. No debemos esperar cambios importantes en este aspecto en el corto plazo.

  2. Que se ha dado un crecimiento de la educación ambiental de forma marcadamente asimétrica en la región, ya no digamos con Estados Unidos y Canadá, sino entre los distintos países de América Latina y el Caribe. Algunos planos como el de la organización, profesionalización, incorporación de la dimensión ambiental en la educación básica y el de la legislación manifiestan importantes diferencias.

  3. Que hay una demanda creciente de formación de los educadores ambientales, que en la última década ha comenzado a ser cubierta a través de diversas estrategias, si bien con múltiples problemas que han sido discutidos en los distintos foros regionales. Pero, en general, se requiere un mayor apoyo institucional a los programas existentes, los que si bien son muy recientes son bastante marginales.

  4. Que se presenta una doble idea en la ciudadanía en relación con el tema. Por un lado, prevalece una representación social sobre la ‘conciencia ecológica’ que pone énfasis en la necesidad de la conservación, principalmente de áreas naturales protegidas o de algunas especies emblemáticas. Por otro, ha comenzado a formarse una representación social de una ‘conciencia ambiental’ pero cuyo foco problemático sigue anclado en la basura. Ambas circunstancias son serias y me referiré a ellas más adelante.

  5. Que no existe una suficiente investigación y evaluación de los impactos sociales de las acciones de educación y cultura ambiental emprendidos. Son muy comunes, por ejemplo, el destinar muchos de los pocos recursos que se disponen a la organización de campañas en los medios, pero además de que nunca son evaluadas, estas campañas no provienen de procesos sociales o educativos previos, ni detonan otros procesos, por lo que una vez transcurrido el periodo que se presupuestó la actividad concluye sin mayor pena ni gloria.

  6. Que pese a los avances logrados por algunos países, la región se encuentra bastante rezagada en el fortalecimiento de la dimensión ambiental en el currículum escolar respecto a otras regiones, donde incluso se considera que ya se hizo lo que se podía hacer en esta materia y hay que orientarse hacia lo no formal.

  7. Que ha habido un importante avance en materia de organización del gremio de los educadores ambientales, lo que permite un mayor intercambio de experiencias y creación de alianzas de apoyo mutuo. Por ejemplo, en México, durante el año 2000 se crearon dos grupos especializados, que complementan a las redes regionales que comenzaron a agruparse desde 1991, estos son la Academia Nacional de Educación Ambiental, y el Consorcio de Instituciones de Educación Superior que promueven programas ambientales extracurriculares, el Complexus. Este es un grupo creado por aproximadamente diez universidades públicas y privadas, que está trabajando en su plan de los próximos dos años, incorporando importantes temas como indicadores de sustentabilidad o los sistemas de manejo ambiental.

Pese a los logros alcanzados que no vamos a demeritar, pero sí ubicar en su justa dimensión, persisten numerosos retos, que podemos comenzar a atender en el corto plazo:

  • Las representaciones sociales ‘ecológica’ y ‘ambiental’ a las que me referí anteriormente, pesan mucho en las posibilidades de instrumentar programas de educación ambiental de gran visión. La primera porque reducir el problema a lo ‘ecológico’ y más aun a las áreas y especies silvestres, cercena en gran medida numerosos componentes sociales y económicos, que se encuentran presentes en la sobredeterminación de los problemas que vivimos. Esta representación social, por ejemplo, ocasiona que se justifique incluir la dimensión ambiental en los programas y materiales de educación básica, pero sólo en los de ciencias naturales.

  • Por su parte, la representación social que percibe el problema ambiental centrado en la basura, y sin negar la magnitud de esta, también mutila los numerosos otros problemas que en ocasiones son menos evidentes, pero mucho más serios. Además, a nivel de estrategias pedagógicas promueve nuevamente las socorridas acciones de separación de desechos y de reciclaje, pero sin entrarle a los verdaderos problemas relacionados con los estilos de producción, distribución y consumo que existen en la región, y que obligan a los ciudadanos a producir desechos y a mezclarlos. Esto es, la importante noción de ‘responsabilidad común pero diferenciada’ pierde sentido cuando el asunto se enfoca desde una indiferenciada perspectiva individual. Esta situación pone de manifiesto la necesidad de impulsar un fuerte programa de alfabetización ambiental en la región, y aunque este concepto no ha podido arraigar en nuestro medio, como sí ocurrió en los países industrializados, se trata de promover una ciudadanía crítica que pueda encontrar mejor sentido a sus acciones en el marco de un proyecto educativo de más amplio alcance.

  • Frente a la oportunidad política que representa la celebración de la Cumbre Mundial para el Desarrollo Sustentable de Johannesburgo, debemos hacer un mayor esfuerzo en la integración de políticas regionales y sectoriales. Algunas medidas inmediatas de gran alcance serían, incorporar el tema en la agenda del Foro de Ministros de Educación para América Latina y el Caribe, e indicar a la Oficina Regional de la UNESCO que fortalezca la orientación hacia la sustentabilidad en los objetivos y estrategias del Proyecto Regional de Educación para América Latina y el Caribe, para el periodo 2001-2015. Otras de nivel local, serían las de diseñar estrategias apropiadas a las características y problemas de cada entidad, pero que involucren a las diversas instituciones, sectores y niveles gubernamentales y grupos de la sociedad civil, además de que su instrumentación se encuentre presupuestalmente considerada. -

La palabra educación es la segunda más frecuente en la Agenda 21, sólo después de la palabra naciones. De ahí que se hace preciso que la región en su conjunto incursione, más allá de las declaraciones y campañas de buenas intenciones, en un programa coordinado de educación ambiental para el desarrollo sustentable que involucre a las diferentes instituciones gubernamentales y privadas, así como a los medios masivos de comunicación, con el compromiso de sostenerlo en el mediano plazo. De otro modo, estos rezagos y retos que aun podemos superar, se volverán crónicos y perderemos una oportunidad histórica que hoy se abre ante el interés internacional por apoyar los esfuerzos nacionales y regionales en este rubro.


 Portada | Buscar | Recomiende este sitio | Sobre Medio Ambiente Online | Nuestros servicios | Mapa del sitio | Contáctenos